Presupuesto Participativo. Notas sobre su concepción y origen.

Cuando hace unos meses los participantes de la comisión de economía del ISEPCi y Libres del Sur La Matanza tomamos el análisis, discusión y difusión del Presupuesto Participativo (PP), pensábamos en ello tal como un modelo a evaluar. A poco de revisar algunas experiencias observamos que ese modelo no era universal ni unitario y que ninguna evaluación sería sensata fuera del marco estratégico de la sociedad civil y el Estado. Por cierto, hallábamos regularidades en su funcionamiento y objetivos: gobiernos populares, participación colectiva, socialización de las decisiones, control y seguimiento de lo participado, formalización de los intereses y más, pero siempre relativas a un contexto territorial definido por una u otra comunidad política. Digamos, la forma y el sentido de un PP era, y es, local y necesariamente variable, pues los PP se identifican con su ambiente y toman, como la democracia en sí misma, la forma y dirección que la ciudadanía le aporta.




El propósito original del PP remite a un cambio de enfoque en cuanto a la identificación y satisfacción de los problemas. Se sabe: todo gobierno representativo se enfrenta a situaciones de imposición y de derecho que se oponen a objetos y sujetos distintos; la realización de esta diferencia estructural hace a la medida e identidad de su política. Ahora, una de las materias de más difícil legitimación en la democracia representativa es la relativa a la formación y aplicación del ingreso público. No sólo es problemático recaudar sino además, y en especial, asignar con eficacia los recursos; una discusión que tiende a integrar la legitimidad de gobierno con el reconocimiento y tratamiento de otros “nuevos” y más “viejos” derechos sociales. Un supuesto que ya estaba presente cuando el Partido dos Trabalhadores del Brasil (PT) asume el gobierno en Porto Alegre (1989). Daremos de ello algunas líneas.



Aunque está claro que el PP fue la respuesta política de un partido de origen obrero a las nuevas situaciones y movimientos sociales que siguen a la crisis y transformación de las economías brasileña y mundial, no fue creado ex nihilo. Brasil abandonaba la dictadura sobre un nuevo paradigma productivo cuyos actores y realidades geográficas, en especial, las urbanas, marchaba por demandas y respuestas de otra matriz y tendencia. Por caso una de las respuestas a esta nueva situación provino del sistema político brasileño: reforma constitucional y descentralización administrativa del Estado. Esta reforma fue importante pues habilitó la formación de gobiernos de área metropolitana -Porto Alegre es uno de ellos- con autarquía financiera y política. Con todo, no había sido prevista para satisfacer reclamos históricos por tierra y por trabajo del tipo Movimiento sin Tierra (MST) o para asumir las nuevas reivindicaciones emergentes de los cada vez más crecientes conglomerados urbanos (reducción de la pobreza metropolitana, espacios verdes y públicos, reordenamiento territorial, etc.). La escena social brasileña se había reestructurado intensamente partiéndose en distintas, y específicas, escenas políticas. Pero aunque esta diversidad, por su magnitud, llama a la política en escala; su manejo, sin embargo, debió incluir a lo local. He aquí las condiciones de partida (diversidad de la demanda, descentralización administrativa y política, gobierno local) del PP original.



Ahora bien, ya en el gobierno de Porto Alegre una de las primeras preocupaciones del PT fue incentivar la percepción de los impuestos. Es válido recordar que la reforma administrativa del Brasil exige del autofinanciamiento local: el municipio presupuesta sólo aquello que recauda por sí mismo; y ya se sabe que sin recaudación no hay gobierno. Este problema de origen bajo el marco de un gobierno popular y local (una coalición de electores) y sometido a un presupuesto acotado exige de respuestas tan creativas como satisfactorias. Pongamos que en ese periodo Porto Alegre se metropoliza a rabiar, representa nuevas y antiguas demandas sociales, un nuevo estado en lo constitucional y político, movimientos y partidos en alza, necesidades básicas insatisfechas, sectores medios demandantes y, por si poco, un régimen de acumulación transformado. Se exigía innovar.



Tocaremos esta cuestión de la innovación focalizando en su propuesta y destino. La vida en un área metropolitana importante nos es corriente aquí mismo. También nos son comunes la magnitud y complejidad de estos procesos, así como las resistencias, y demoras, al cambio. Pues bien, el PP fue concebido como un instrumento de política tributaria muy precisamente a propósito de la entidad política –aunque no siempre presente- de los problemas fiscales. La clave estaba, y está, en la transformación de una política centralizada de ingresos en un proceso participativo y abierto. Cómo producir esa transformación sin desabastecer de autoridad y recursos al Estado quizá pueda explicarse en torno a los principios y diseño de un PP de modelo. Sin embargo, cada PP es su PP y el sentido y la corriente que forma sólo es solidaria al territorio en el que se piensa. En suma, aunque el modelo es de explicar y exponer, su producción se experimenta o no existe.



Con todo, vamos a aceptar una cuestión de principio: para que un PP sea eficaz su apropiación habrá de ser colectiva. No es un problema ideológico, pues el PP es una política territorial que requiere de la identificación y organización de sus temas –el destino y la categoría de sus recursos. Así, aunque su convocatoria sea franca y sus discusiones explícitas si el proceso de apropiación no funciona el objetivo de socializar las prioridades y de estimular la participación sencillamente no se cumple. Habrá que insistir: el PP implica un modo de relacionarse entre la sociedad civil y el Estado; refiere a esa de corresponsabilidad con lo público capaz de transformar una relación asimétrica en un vínculo afectivo eficaz. Así las cosas, si pudiéramos volver al Porto Alegre de su origen, veríamos que el gobierno y la convocatoria estaban junto a una coalición sociopolítica importante; faltaba llevar a cabo el concepto. No fue un proceso inmediato, sus resultados no pudieron percibirse sino pasado uno par de años. Antes hubo que caracterizar el territorio, determinar sus urgencias, organizar expresamente al Estado, aprender a procesar las demandas, determinar sus objetivos y alcances. En suma, establecer una relación productiva entre la sociedad de Porto Alegre y su Estado.



Pero este proceso es limitado. Incentivar la participación es problema y el PP tendrá que darle respuestas. Se trata de asumir la diferencia y el conflicto de forma clara y productiva; no todos participarán de un pro-ceso donde sólo un porcentual del presupuesto toma consideración colectiva. Además, es un proceso que exige de una subjetivación tan sistemática y profunda que aun tomando vuelo y prestigio no alcanza forma final y siempre añade más problemas. Por ejemplo, en Porto Alegre hubo que despejar el prejuicio según el cual se le determinaba a la pobreza urbana más extrema. Luego hubo que incentivar a las barriadas más pobres a tomar con libertad de la palabra, a diferir serenamente y a negociar con criterio. Sólo al tiempo la tributación mejoró, las prioridades se fijaron, los límites se asumieron y los proyectos se cumplieron. Mas proponer y resolver estos problemas requiere de un trabajo absoluto. Para que el PP se realizar hubo que darse de una normativa eficaz descargando su producción y observancia dentro del propio colectivo y su proceso. El gobierno convocó y organizó el PP, garantizó su Consejo, se formaron foros barriales, se eligieron delegados, se discutieron prioridades y montos, se socializaron las reglas, se municipalizó la asamblea, se votó, la aplicación fue controlada y los plazos, por fin, satisfechos. Sin embargo, en el comienzo la participación no fue plena; la representación de las mujeres y los jóvenes no fue la esperada y para integrarles al proceso hubo que evaluar nuevas cuestiones temáticas. A poco de andar el PP debió asumir la paridad uno a uno entre géneros junto a la posibilidad de especificar presupuestos dentro o fuera de las asambleas territoriales. Aún se halla en eso.



Hemos referido sólo a una fase emblemática, la de origen. Hoy por hoy los especialistas reconocen, como menos, otras tres fases más; son las relativas a su extensión por Brasil, su difusión latinoamericana y su reconocimiento global. A nadie escapará que este proceso depositó a Porto Alegre como la primera de las sedes de Foro Social Mundial. Su examen e interés por el Banco Mundial y otros organismos de crédito expresan la consideración internacional de un proceso enteramente local y en gran medida impensado. Más si hemos preferido anticipar su carácter antes que juzgarlo por sus cuentas es porque entendemos que lo central y lo accesible del PP es su concepto: un proceso participativo y abierto. La evaluación de sus categorías y criterios sólo existen en el terreno en que se aplican. Nuestra consideración sólo empieza.





Comisión de Economía de Libres del Sur

ISEPCi La Matanza




Charla Debate:"Verdadero Presupuesto Participativo para Redistribuir La Riqueza"

Libres del Sur e ISEPCi La Matanza los invita a la Charla-Debate:
"Verdadero Presupuesto Participativo para Redistribuir la Riqueza"
La misma se realizará el día viernes 30 de Octubre a las 18,30 horas en el Auditorio de la Sala de Auxilios de Ramos Mejía, Av. de Mayo entre Belgrano y Av. Rivadavia.

Esperamos contar con su presencia.
Instauración del Modelo Neoliberal durante la Dictadura del 76. Repercusiones en la Estructura Industrial Argentina.


Desde mediados de los años setenta, tanto la economía como la sociedad Argentina han venido atravesando un proceso deletéreo, verificándose un creciente subdesarrollo nacional y un acentuado rezago en el mercado mundial. Sin duda, una de las principales causas de dicho cuadro es el notable retroceso que ha experimentado el sector industrial local, que se expresa en una fuerte caída en la participación de las manufacturas en el valor agregado total, una considerable reestructuración regresiva del entramado productivo, una acelerada reprimarización, y una intensa retracción de los segmentos fabriles de mayor complejidad.Existe un amplio consenso dentro de las ciencias sociales en cuanto al papel decisivo que tuvo la dictadura militar de 1976-1983 en la explicación de dichas tendencias: se trató de un punto de quiebre histórico en el devenir económico-industrial de nuestro país. Es así que el funcionamiento del capitalismo doméstico sufrió una serie de modificaciones relevantes que se profundizarían a niveles extremos bajo el predominio hegemónico del neoliberalismo en el transcurso de la “década de la Convertibilidad”. En esta perspectiva es de destacar las numerosas “líneas de continuidad” entre ambas etapas históricas en lo que concierne a la orientación de las políticas económicas, y a sus implicancias estructurales.

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 puso en marcha una de las reestructuraciones económico-sociales más significativas y dramáticas de la historia argentina, cuyas repercusiones se mantienen hasta el presente. La dictadura militar derivó en el tránsito de una sociedad industrial a otra basada en la valorización financiera del capital o, en otros términos, en el desplazamiento del régimen de sustitución de importaciones que había estado vigente desde aproximadamente los años treinta por el “modelo financiero y de ajuste estructural”.En nuevo modelo de acumulación de la valorización financiera se dio mediante la colocación de excedente por parte de las grandes firmas en diversos activos financieros (títulos, bonos, depósitos, etc.) tanto en el mercado interno como en el internacional. Este proceso, que irrumpe y es predominante en la economía argentina desde fines de la década de los setenta, se expande debido a que los rendimientos en el ámbito de las finanzas son superiores a la rentabilidad de las restantes actividades económicas (productivas), y a que el acelerado crecimiento del endeudamiento externo tanto del sector público como del privado (en este último caso, hegemonizado por un número reducido de empresas oligopólicas) posibilita la fuga de capital local al exterior.El desarrollo del nuevo patrón de acumulación fue posible debido a una distinta relación de fuerzas entre el capital y el trabajo, junto con un considerable replanteo de la situación dentro de la propia esfera del capital. Ambas situaciones han traído como consecuencia un cuadro social caracterizado por una profunda desigualdad: en un extremo de la estructura social se encuentran los trabajadores, que en conjunto tienen la participación en el ingreso más baja desde la irrupción del peronismo; en el otro se ubica un reducido número de grupos económicos locales, grandes empresas extranjeras y acreedores de la deuda externa. Éstas, en el marco de un muy intenso proceso de concentración económica y centralización del capital, conjugan una cada vez más acentuada participación en el ingreso y la riqueza con la capacidad de subordinar al aparato estatal y, en consecuencia, de influir de manera decisiva y creciente sobre el rumbo del proceso económico, político y social.Ahora bien, la interrupción del modelo sustitutivo no sobrevino en la Argentina en razón de su agotamiento. Basta con mencionar, en tal sentido, que entre 1964 y 1974 la tasa de crecimiento promedio anual del PBI fue de alrededor del 5% (en el mismo período el valor agregado manufacturero se expandió a un promedio anual del 7%), y que en 1975 las exportaciones de productos industriales representaron alrededor del 20% del total contra sólo el 3% en 1960.En nuestro país se buscó transformar de cuajo la compleja estructura económico-social que se había generado tras largas décadas de desarrollo industrial. Dos de los objetivos centrales de los militares que usurparon el poder en marzo de 1976 fueron el de redefinir el papel del Estado en la asignación de los recursos, y el de restringir drásticamente el poder de negociación que poseían los trabajadores. Pero también, y fundamentalmente, se apuntó a alterar de manera radical –y con carácter irreversible– la relación de fuerzas sociales derivada de la presencia de una clase obrera industrial acentuadamente organizada y movilizada en términos político-ideológicos, cuya fortaleza se potenciaba por su alianza histórica con ciertos sectores del empresariado local estrechamente vinculados a la expansión del mercado interno con eje en la industria conocidos tradicionalmente como la “burguesía nacional”.La mencionada participación económica y política de los trabajadores fue percibida como una amenaza por los sectores dominantes, lo cual viabilizó que el conjunto de éstos aceptara el drástico programa de cambio estructural propugnado por el tradicional sector exportador. A ellos se les agregan los capitales con un importante peso industrial por ser procesadoras de materias primas o por asentarse sobre la explotación de recursos naturales. Es decir, los capitales provenientes de las fracciones empresariales oligárquicas que habían destinado parte de la renta agraria obtenida a insertarse en la producción manufacturera y en la plaza financiera.El proyecto refundacional de la dictadura militar que viene a concretar esta transformación radical de la economía y la sociedad argentinas –que por la forma en que logró congregar el apoyo del conjunto de las fracciones del gran capital suele ser denominado la revancha clasista– fue impuesto mediante el disciplinamiento represivo de los sectores populares, del cual la expresión más acabada son los 30.000 desaparecidos, los campos de concentración, la complicidad empresaria en la represión en los lugares de trabajo (Acíndar, Astarsa, Dálmine Siderca, Ford, Ledesma y Mercedes Benz) la intervención de los sindicatos y el cercenamiento de conquistas laborales.La reestructuración económica puesta en marcha en esos años tuvo un indudable impacto sobre los sectores productivos que sostenían el funcionamiento de la sustitución de importaciones.
En efecto, la conjunción de la Reforma Financiera de 1977 con la arancelaria y el endeudamiento externo, derivados de la apertura de 1979, marcó un quiebre con el modelo de industrialización por sustitución de importaciones.La Reforma del ’77 se puso en marcha durante la tregua de precios, se aplicó política monetaria restrictiva. Se implantó un mercado libre para el dinero, en el que las tasas de interés dependerían del libre juego de la oferta y la demanda. A través de un sistema de encaje uniforme y de cargos sobre depósitos en cuenta corriente, a las entidades les resultaba indiferente captar fondos en cuenta corriente o a plazo. A raíz de esto se generó una tendencia los depósitos a plazos muy cortos (30 días). El sistema funcionaba con elevada movilidad y alta liquidez, en un contexto altamente especulativo y cortoplacista.Desde allí en adelante ya no fue la vinculación entre la producción industrial y el Estado el núcleo central del proceso económico, sino la especulación financiera y la salida de capitales al exterior vinculadas a otro tipo de Estado, modificación que derivó en la contracción y la reestructuración regresiva de la producción industrial.Semejante alteración en el patrón de acumulación del capital en la Argentina implicaba agredir una estructura socio-económica a lo largo de las diferentes etapas por las que había transitado el modelo sustitutivo. En segundo lugar, por la propia solidez de la estructura socio-económica, esta reconversión tenía que producirse necesariamente a través de una crisis, y no mediante una fase de expansión económica, que lograse la marginación de ciertos sectores sociales, la redefinición de otros y el predominio de los restantes. En tercer lugar, los cambios a producir en los pilares de la industrialización sustitutiva, así como los rasgos del nuevo patrón de acumulación, debían volverse irreversibles.

Esta búsqueda por refundar estructuralmente al capitalismo argentino debía basarse en un estricto control sobre el aparato del Estado que posibilitara avanzar en forma simultánea sobre múltiples direcciones: la recomposición de la dominación social mediante el disciplinamiento de la clase trabajadora y los estamentos empresarios de menores dimensiones –o los menos “eficientes” en términos de la ortodoxia monetarista tan difundida en esos años–; la redistribución regresiva del ingreso generado en el país; la redefinición del accionar estatal; la modificación de la estructura productiva; y, en suma, la reversión de la dinámica sustitutiva en el plano económico-social.En ese marco, el sector manufacturero local se contrajo significativamente, de modo tal que en los años posteriores al golpe de Estado de marzo de 1976 se produjo el cierre de más de 20 mil establecimientos fabriles, el producto bruto del sector cayó cerca de un 20% entre 1976 y 1983, la ocupación disminuyó en forma pronunciada y se redujo el peso relativo de la actividad en el conjunto de la economía (pasó del 28% del PBI al 22%). Más aún, la industria dejó de ser el núcleo ordenador y dinamizador de las relaciones económicas y sociales en la Argentina, así como el sector de mayor tasa de retorno de la economía. Todo ello, como resultado de la aplicación de diferentes medidas de política económica como, entre las más relevantes, la “represión salarial” de 1976; la Reforma Financiera de 1977; y a fines de 1978, el “enfoque monetario de balanza de pagos” (que consiste, básicamente, en que los desequilibrios de BP son ajustados automáticamente por endeudamiento externo), el cual se articuló con una profunda apertura comercial.El volumen físico de la producción fabril se contrajo aproximadamente un 10%, la cantidad de obreros ocupados en la industria se redujo en más de una tercera parte, se incrementó la extensión media de la jornada laboral, la productividad promedio de la mano de obra experimentó un crecimiento significativo, se produjo una fuerte disminución en el poder adquisitivo de las retribuciones salariales percibidas por los obreros, todo esto significando una creciente apropiación del excedente por parte del sector empresarial.Como resultado del comportamiento diferencial que siguieron la productividad laboral y los salarios y los costos salariales reales, tuvo lugar una fenomenal transferencia de ingresos desde los asalariados hacia los capitalistas.
Por otro lado, un conjunto acotado de grupos económicos de origen nacional y conglomerados extranjeros, lo mismo que unas pocas grandes empresas transnacionales, lejos de sentir el impacto de la crisis y la reestructuración del sector, accedieron a una posición de privilegio.Ahora bien, detrás de la consolidación estructural de las formas de mercado de elevada oligopolización subyace otro fenómeno tan o más importante, que se encuentra estrechamente asociado al contenido clasista del proyecto refundacional de la Argentina de los genocidas militares y sus bases de sustentación en el campo social: una acentuada reconfiguración del poder económico industrial ligada a una intensa centralización del capital.
Las empresas de la elite fabril pertenecientes a grupos económicos de capital nacional y extranjero incrementaron en forma significativa su participación relativa en las ventas totales.Por otro lado, a partir de 1979 se verificó un notable crecimiento de la deuda externa tanto pública como privada, Entre 1975 y 1981, la deuda externa pasó de ser de 7,9 mil millones de dólares, a 26 mil millones. La deuda se transformó en una fuente enorme de traslado de ingresos: la cúpula del poder económico se endeudaba en dólares gracias a la liquidez mundial, revalorizando su dinero en el mercado local para luego fugar los capitales. Los principales grupos económicos se endeudaron en el exterior e ingresaron las divisas al país para colocarlas en la plaza financiera atraídos por el diferencial existente entre las tasas de interés locales e internacionales (las primeras eran mucho más elevadas que las segundas) y la vigencia de la garantía estatal de los depósitos. Esta operatoria (conocida como la Bicicleta Financiera) les redituó cuantiosas ganancias tanto en pesos como en dólares, producto de la apreciación cambiaria resultante de la “tablita”. Esas ganancias, posteriormente, fueron remitidas al extranjero (lo cual resultó posible por las divisas aportadas por el endeudamiento externo del sector público). De allí que la contracara del incremento de la deuda externa haya sido una terrible fuga de capitales al exterior. Esta dinámica funcionó hasta mediados de 1981, cuando en el marco de la crisis se decidió devaluar la moneda nacional, lo cual generó que el sistema financiero y muchos conglomerados empresarios estuvieran al borde del colapso.
La “solución” fue la puesta en marcha de diferentes regímenes de seguro de cambio para permitir a los deudores privados locales el repago de sus deudas con los acreedores extranjeros. Si bien dicho seguro incluía una tasa de interés, la inflación y las posteriores devaluaciones la fueron licuando y en los hechos se produjo la estatización de la deuda externa privada. Se trató de una fenomenal transferencia de recursos públicos hacia los sectores más concentrados del capital. Basta con mencionar, en tal sentido, que sólo treinta grupos económicos nacionales y algo más de cien grandes empresas transnacionales concentraban aproximadamente el 65% de la deuda externa privada. Es importante reparar en el hecho que de la “bicicleta financiera” no participaron solamente los bancos u otras entidades financieras, sino también numerosas empresas productivas, lo cual derivó en una estrecha articulación entre el capital productivo y el financiero.En definitiva, el conjunto de los desarrollos previos permite concluir que durante los años de la última dictadura militar se produjo una muy acentuada redistribución del ingreso desde los asalariados hacia los capitalistas mediante, entre otras cosas, la caída del salario real, el deterioro de las condiciones laborales y el aumento en la extensión y la intensidad de la jornada de trabajo. Sin embargo, ello no da cuenta de la totalidad de los cambios registrados, ya que entre los empresarios hubo sectores fuertemente perjudicados por la crisis socio-económica en general, y fabril en particular (los pequeños y medianos), mientras que otros se beneficiaron con ella: las firmas oligopólicas. Un conjunto acotado de grandes grupos empresarios aumentó su poderío económico y el control que ejercía sobre un amplio espectro de mercados.El propósito de Martínez de Hoz y su equipo fue el de compatibilizar la especulación financiera (aprovechando la enorme liquidez existente en el mercado internacional derivada del shock petrolero de comienzos de la década) con la expansión de los sectores agropecuario, así como de algunas actividades industriales ligadas al aprovechamiento de recursos naturales. Todo esto conforme al principio de las ventajas comparativas estáticas, por el cual cada país debería especializarse en la elaboración de aquellos bienes cuya producción le resultara menos costosa. Al decir del propio Ministro de Economía, la apertura económica permitiría “no sólo la competencia sino una mayor especialización en la eficiencia y aprovechar las ventajas de la división internacional del trabajo”.De allí que otro de los legados críticos del programa económico instrumentado durante la última dictadura militar haya sido una marcada reprimarización del tejido manufacturero y una ostensible “simplificación productiva”.La reprimarización del aparato industrial y la “desindustrialización” verificadas durante la emergencia del “modelo financiero y de ajuste estructural” constituyeron el puntapié inicial del proceso de fuerte rezago relativo de la Argentina con respecto a los países desarrollados y varios de los que conforman la periferia, como ser Brasil.

En síntesis, las consideraciones que anteceden permiten trazar un claro “mapa” de ganadores y perdedores, tanto en términos sectoriales como en el de los actores económico-sociales. En términos sectoriales, el principal perdedor fue el sector industrial a favor del sector financiero y el agro exportador. Mientras que en el segundo, los claros ganadores fueron los capitalistas oligopólicos, en detrimento de la clase trabajadora. Todo esto como resultado de los profundos cambios sobrevenidos en la economía y la sociedad argentinas por efecto de las diversas medidas de política de corte netamente neoliberal aplicadas a sangre y fuego entre 1976 y 1983.


Ponencia realizada en el marco del Seminario: Memoria y Derechos Humanos 'Peco Tissembaum’.Organizadores: Subsecretaría de Derechos Humanos de la Provincia Del Chaco, Madres de Plaza de Mayo, ISEPCI.


La determinación del tipo de cambio


El tipo de cambio afecta a la economía a través de diversos canales y, consecuentemente, posee diversos impactos macroeconómicos. Como afirman Frenkel y Taylor, el tipo de cambio es una herramienta para el desarrollo económico. Es por eso que el análisis de los factores determinantes de la tasa de cambio es central en el debate económico. Dentro de este debate se pueden distinguir dos posturas: la neoclásica y la neo estructuralista.La determinación del tipo de cambio es, según la visión neoclásica, una cuestión de corto y largo plazo. En el corto plazo ésta se encuentra vinculada con la denominada “paridad de los tipos de interés”, mientras que en el largo plazo se la vincula con la “paridad de poder adquisitivo”.



La primera explicación supone que el rendimiento esperado de dos activos, denominados en dos divisas y expresados en igual moneda, es el mismo. En equilibrio, todos los activos son perfectamente sustituibles entre sí. En palabras de A. Kicillof y C. Nahon: “El arbitraje asegura la misma tasa de rendimiento esperada con independencia de la denominación monetaria de los activos”.La condición de paridad de intereses en términos reales puede ser expresada, tal como lo hacen Blanchard y Pérez Enri, de la siguiente manera:r= r* + (et+1e – et) / etSiendo r el tipo de interés real local y r* la tasa de interés extranjera, et+1e es el tipo de cambio real esperado en el momento t+1 y et es el tipo de cambio real en el período t. Por lo que el rendimiento en términos reales del bono local es igual al del extranjero más la tasa esperada de depreciación real. De esto se desprende que la rentabilidad del bono nacional está determinada por dos componentes: el tipo de interés internacional y las variaciones esperadas del tipo de cambio.En el caso de los países atrasados se agrega una prima por el riesgo de default en el pago de los bonos, entonces es:r= r* + (et+1e – et) / et + fLa teoría ortodoxa supone que esa diferencia premia la asunción de mayor riesgo por parte del inversor, por cuanto hace una estimación del riesgo tal que equipara sus preferencias y son indiferentes frente a ambas colocaciones.Sin embargo, el tema que nos importa es el de la determinación del tipo de cambio, por lo que a partir de la primera ecuación desprendemos la siguiente:et = et+1e / (1 + r – r*)El tipo de cambio real actual es determinado por el tipo de cambio real futuro esperado y por la diferencia de las tasas de interés real local y extranjera.Con respecto a la tasa de interés nacional la relación que se da con el tipo de cambio es negativa. Cuando la tasa de interés local sube el tipo de cambio real baja, hay una apreciación cambiaria. Al subir la tasa de interés nacional ingresan capitales para adquirir bonos en pesos, lo que genera un exceso de demanda de moneda local que provoca una apreciación de la moneda en términos reales, reduciéndose así el tipo de cambio real.Esta apreciación cambiaria tiene como contrapartida un aumento de las expectativas de depreciación. Por lo que se da una relación positiva entre el tipo de cambio real corriente y el esperado en el futuro. Al aumentar el tipo de cambio esperado aumentarán también las expectativas de devaluación o depreciación del peso, generándose así una salida de capitales por la venta de bonos locales para cambiarlos por bonos extranjeros.Si se supone que el tipo de cambio esperado futuro está dado, entonces la ecuación se vuelve una tautología, como afirma R. Astarita. Es necesario encontrar alguna determinación más “fundamental” que explique cuál es el tipo de cambio de largo plazo, que permita establecer et+1e.Para la teoría neoclásica, el tipo de cambio real futuro esperado es compatible con el equilibrio comercial de largo plazo, por lo que depende de los fundamentals de la economía. En palabras de Blanchard y Pérez Enri: “A largo plazo, es razonable suponer que el comercio estará más o menos equilibrado. Ningún país puede tener déficit comercial indefinidamente… Si el comercio está equilibrado a largo plazo, el tipo de cambio debe ser tal que garantice el equilibrio comercial”.Profundizando el tema del tipo de cambio de largo plazo, Olivera sostiene que el tipo de cambio de equilibrio es aquel que resulta compatible con el equilibrio de los precios, la producción y la ocupación interna de un país. O sea, el equilibrio del balance comercial no se agota en el análisis del equilibrio externo, sino que remite al equilibrio económico interno, ya que puede insertarse dentro del equilibrio general. Para lograr alcanzar el punto en el que se da tanto el equilibrio interno como externo, la flexibilidad de los precios internos es una condición necesaria.En el largo plazo, el factor determinante del tipo de cambio se vincula con el concepto de “paridad de poder adquisitivo” (PPA).La teoría de la paridad del poder adquisitivo, según A. Kicillof y C. Nahon, plantea que el tipo de cambio entre las monedas de dos países corresponde a la razón entre los niveles de precios de esos dos países. El poder de compra de cada una de las monedas debe ser el mismo en ambos países (versión absoluta de la PPA). Esta afirmación encuentra su sustento en el supuesto de que el mercado es perfecto a nivel mundial. Es la hipótesis de la “ley del precio único”. Esta versión absoluta de la PPA implica la no existencia de barreras al comercio internacional y está emparentada con la teoría de las ventajas comparativas.Versión absoluta de PPA:E=P/P*La versión relativa de la PPA dice que el tipo de cambio debe evolucionar según diferenciales de inflación entre los países:E = P – P*Según esta versión, la variación porcentual en el tipo de cambio entre dos divisas a lo largo del tiempo, debe ser igual a la diferencia entre las variaciones porcentuales de los índices de precios nacionales. Por lo que podrían admitirse desviaciones de corto plazo, pero no en el largo, donde el arbitraje del comercio internacional sería suficiente para igualar las variaciones de los precios de los productos. De esto se desprende que el tipo de cambio real debe ser más o menos constante a lo largo del tiempo.Tanto la versión absoluta como la relativa de la PPA hacen referencia a lo monetario. Por la teoría cuantitativa, el nivel de precios se considera un fenómeno estrictamente monetario, la variación del tipo de cambio, según la PPA, también lo es. Por lo que, siguiendo el razonamiento neoclásico, el aumento de la masa monetaria, en el mediano y largo plazo, se traduce en aumento de precios, y éste en aumento del tipo de cambio.Asimismo, dado que actúa el efecto Fisher, la tasa de interés aumenta según la inflación esperada, por lo que en el largo plazo un aumento de la masa monetaria genera tanto un aumento en la tasa de interés, como un aumento del tipo de cambio.Por lo cual, como afirma R. Astarita, la relación inversa entre el tipo de cambio y la tasa de interés que surgía de la condición de paridad de intereses, se convierte, en el largo plazo, en una relación positiva. Se admite que la PPA no se verifica en la realidad, sin embargo se mantiene como pilar de la teoría, ya que es “práctica” para las ecuaciones. Esta es una de tan tantas críticas que se le plantean a la teoría neoclásica.Ante esta situación, la teoría ortodoxa apela al modelo Balassa Samuelson, por el cual se sostiene que las monedas de los países atrasados están depreciadas en términos reales, y por lo tanto la PPA en términos absolutos no rige para los países dependientes y atrasados. Esto se da porque en éstos países los niveles de productividad entre los sectores productores de bienes transables y no transables tiene una diferencia mayor que en los países desarrollados. De esta versión se deduce entonces una relación inversa entre el tipo de cambio y el ingreso (producto) que el modelo no registra.


Otro de los puntos críticos de la postura ortodoxa se relaciona con la paridad de intereses y su supuesto de sustitución perfecta entre los activos financieros internos y externos. Los inversores siguen la regla de repartir los riesgos, por lo que frecuentemente mantienen sus colocaciones aun cuando se modifiquen sus rendimientos. Por otro lado la evidencia empírica demuestra que las tasas de interés reales entre países con igual riesgo, pueden divergir de manera importante y durante mucho tiempo.R. Astarita sostiene que el fracaso de la paridad de intereses es aún mayor en el caso de los países atrasados. En la práctica se establece una prima de riesgo, sin embargo ésta no surge de ningún cálculo del tipo que describe la teoría neoclásica, sino de la simple oscilación de los precios de mercado de los bonos.Si además quitamos el supuesto (irrealista) de que los inversores arbitran entrés sólo dos activos, entonces la condición de paridad de intereses se vuelve impotente para determinar el tipo de cambio. Por ejemplo, si se invierte en acciones. Si existen buenas perspectivas en la bolsa de valores, la tasa de interés baja, como reflejo de la bonanza económica. Ingresan así capitales, la moneda se aprecia porque hay un flujo significativo de capitales que están entrando. También ingresan capitales para colocarse en bonos, por lo que baja la tasa de interés local y se aprecia la moneda. Algo similar ocurriría si entran inversiones directas.Otra de las críticas al supuesto de paridad de tipos de interés surge de autores neo estructuralistas, como se Eatwell y Taylor, quienes sostienen que la evidencia indica que la paridad descubierta de los tipos de interés no se sostiene: las modificaciones esperadas de la tasa de cambio no tienen correlación confiable con los diferenciales de interés. Los márgenes de la tasa de interés no siempre están vinculados con las variaciones esperadas del tipo de cambio. Astarita agrega a esto que son la oferta y demanda de fondos en los mercados monetarios y de créditos los que deciden en cada momento las tasas de interés, y ambas están influenciadas por múltiples factores que hacen imposible realizar los cálculos de probabilidad que la teoría dice que gobiernan las decisiones de los inversores.Para la corriente Neo estructuralista el tipo de cambio real, que hace referencia al precio relativo entre bienes no transables y bienes transables, no puede determinarse en base a los fundamentals, como afirman los ortodoxos. Para Frenkel y Taylor, las teorías que pueden predecir de manera confiable el nivel y evolución de los tipos de cambio no existen.Los neo estructuralistas critican la postura neoclásica, sostienen que las tasas de cambio no son determinadas por los fundamentos del mercado, sino más bien, por las expectativas y las convenciones de los inversores. Al considerar al dinero como un activo financiero más, la determinación de su precio queda atada a las fluctuaciones caprichosas que rigen también los precios de los bonos, acciones, etc.Ponen a las expectativas en el centro de la explicación. Según los estructuralistas, los agentes intentan anticipar cómo se comportarán los demás inversores, pero la gran mayoría de los operadores no pueden predecir los cambios financieros. A pesar de esto, autores como Eatwell y Taylor descubren que los fundamentals pueden desempeñar algún tipo de papel relevante en la determinación de los tipos de cambios, no en forma directa, sino de manera indirecta ya que algunos agentes que operan en el mercado cambiario pueden llegar a incorporar en sus decisiones a alguno de los famosos fundamentos vía expectativas.En resumen, la posición neo estructuralista no afirma que la PPA o la paridad de la tasa de interés sean los determinantes directos del tipo de cambio, sino que como los inversores creen en las explicaciones neoclásicas, entonces éstas se vuelven reales. Este resultado es sumamente peculiar y paradójico.El enfoque neo estructuralista presenta dificultades evidentes, tal como afirman A. Kicillof y C. Nahon. Podría plantearse como la principal el abandono de toda pretensión de explicar el comportamiento de la tasa de cambio. Si bien plantean ciertos hechos estilizados para establecer algún tipo de determinación del tipo de cambio, esto no reemplaza a una explicación teórica. La escuela neoclásica, por el contrario, mantiene teorías a pesar de haberse corroborado el escaso sustento empírico de sus explicaciones. Por otro lado, es la escuela estructuralista la que niega toda determinación “estructural” de la tasa de cambio, a favor de una explicación que se sustenta en las caprichosas expectativas mercantiles.Sin embargo, esta visión posee la ventaja de establecer que si el tipo de cambio surge del juego de señales y de la especulación que afectan a los mercados de futuros, entonces el sector público puede intervenir en ese terreno e intentar influir sobre el tipo de cambio esperado. Pero la capacidad de maniobra está limitada por la posibilidad de que el Estado viole lo que la opinión promedio del mercado considere un fundamento.En resumen, el tipo de cambio es el resultado de la interacción de múltiples factores, dentro de los cuales las expectativas juegan un rol fundamental, convirtiendo a la política cambiaria en una tarea sumamente compleja.

Daniela F. Heredia

Breve análisis de la relación inflación-desempleo comparando las posturas Neoclásicas y Keynesianas.
La relación inflación-desempleo fue estudiada por distintas corrientes, es así como las teorías neoclásica y keynesiana la explican de manera diferente.Como puntos en común entre ambas posturas se encuentra la idea central de que existe un intercambio entre dichas variables. El exceso de demanda ocasiona una presión inflacionaria recién en las proximidades del pleno empleo. Asimismo coinciden en encontrar como límite al crecimiento de la oferta de mercancías la disponibilidad de fuerza laboral. Difieren en la cuestión de si el capitalismo está o no en pleno empleo y el significado de este.La teoría neoclásica supone al sistema capitalista en pleno empleo en forma automática y eficiente, de existir desempleo este es voluntario. En relación a esto, más tarde se incorporan conceptos como “tasa natural de desempleo”.La inflación se origina por un aumento en la oferta monetaria que estimula la demanda agregada (ante una oferta agregada) que está limitada por el pleno empleo.El crecimiento económico es para esta teoría el estado normal de la economía capitalista.. La interacción de los capitales individuales genera un proceso de desequilibrio intrínseco al cual se le aplican las nociones de equilibrio general y competencia perfecta, asimilándolo a lo que Marx definiría como “orden-en-y-a través-del-desorden”.Para los keynesianos el desempleo es lo típico en una economía desregulada, con herramientas como la política fiscal el gobierno puede acercar la economía al pleno empleo. Al existir recursos desempleados (más que nada trabajo), ese impulso tendrá un efecto multiplicador que, en parte, es atenuado por el aumento de la tasa de interés que genera el déficit público.Paralemente, al producirse una disminución del desempleo, los salarios nominales tienden al alza y por ende se incrementa la inflación. Este dilema salarios monetarios-inflación se transformó en uno entre inflación y desempleo plasmado en la Curva de Phillips (1958).El poskeynesianismo enfatiza que el obstáculo al pleno empleo es de tipo político, es visto como una lucha entre capital, trabajo y Estado. La inflación es vista como un resultado del crecimiento salarial por sobre el crecimiento de su productividad.Sostienen que Keynes se basó en una teoría monetaria de producción, en la cual la producción comienza y termina con dinero (similar al esquema de Marx: M-C-M’). De aquí que este nunca sea neutral para los poskeynesianos, mientras que la visión ortodoxa lo ubica como medio de cambio únicamente, neutral (al menos en el largo plazo) y no afecta las decisiones.



La inflación no interesa demasiado a la ortodoxia (en el largo plazo no tiene efecto), mientras que los poskeynesianos otorgan importancia a los precios nominales, por cuanto son administrados para lograr una variedad de objetivos y son el resultado de una pugna del poder (por ejemplo, puede implicar aumento de salarios y consecuente “inflación de costos” cuando la fuerza laboral es poderosa).El poskeynesianismo propone políticas para lidiar con la inflación, como ser la utilización de programas de stocks amortiguadores. Estos implican la compra de “commodities”, como ser el trabajo ya que se incluye en la producción de todos los bienes y servicios y el salario el costo de producción más importante. El gobierno compra el trabajo de aquellos dispuestos a trabajar (reserva) y luego ofrece trabajadores a los empleadores que deseen contratarlos.Así se puede lograr simultáneamente pleno empleo y estabilizar los precios al desalentar las fluctuaciones salariales.Desde la visión marxista, siguiendo a Shaikh, el eje de discusión se mueve hacia el análisis de la brecha entre la tasa de acumulación efectiva (I/K) y la tasa de ganancia normal (P/K) o “límite inversor” (LI). El cociente entre ambos conceptos es llamado “esfuerzo inversor” (EI). La tasa máxima de crecimiento sostenible de la economía está dada por el LI.Al disminuir la distancia entre la tasa de acumulación efectiva y la tasa de ganancia normal, o sea al aumentar el EI, se ve afectado el crecimiento sostenible de la economía y, por ende, se genera una presión mayor sobre los precios. El crecimiento de la producción y del capital es insuficiente para reducir el desempleo y la inflación.Se produce un desempleo creciente, debido a la menor rentabilidad y crecimiento de la economía, y a la vez una presión inflacionaria también creciente por encontrarse la economía próxima al LI. De esta forma, la teoría marxista explica la estanflación de los años ’70 y ’80, hecho que no pudieron explicar las otras teorías.Marx se refiere a un “ejército industrial de reserva” a la “tasa de desempleo endógena” para diferenciarla de la idea neoclásica de “tasa de desempleo natural”. Esto es debido a que para Marx la reserva de desempleados involuntarios es funcional al sistema capitalista.A diferencia de las teorías anteriores, la oferta de trabajo no supone un límite al crecimiento de la producción. De aquí se deduce que no hay relación directa entre inflación y desempleo, por eso puede explicar la estanflación. La responsabilidad del crecimiento de la economía está puesta en el sector capitalista, a través del EI.

Daniela F. Heredia


CON EL FORTALECIMIENTO DEL FMI HAY CONSENSO PARA RATO


Autores: Daniela F. Heredia y Miguel Balbuena


En la última reunión del G-20, el Primer Ministro británico, Gordon Brown, afirmó que el Consenso de Washington y sus políticas han muerto. Sin embargo, los organismos que las sustentaron están más vivos que nunca. Con el fortalecimiento de los organismos internacionales de crédito, al Consenso de Washington se lo mantiene con respirador artificial. ¿Podremos los países latinoamericanos plantear una alternativa?


El día 2 de abril se inició en Londres la cumbre de las 20 potencias más importantes del planeta, el G-20, en ella se determinaron posiciones sobre las economías mundiales ante la crisis global. Puede señalarse especialmente, entre las decisiones que se han tomado, un apoyo irrestricto al sistema bancario de estos países, como así también la absorción de los llamados “activos tóxicos” por parte de los estados nacionales para así restaurar al sector financiero, sector en el cual se ha generado la crisis y que debe ser rescatado, según los principales dirigentes mundiales, por sufrir ahora las consecuencias de sus actos. Lo que diferencia a estas decisiones de lo que venía ocurriendo hasta entonces es que habrá una mayor regulación en el sector, en donde se creará un marco supervisor más fuerte para el futuro sector financiero, dada la clara falta de regulación que se venía dando, causal principal de la crisis.

Más allá de esto, cabe destacar, como una de las decisiones trascendentales tomadas en la cumbre del G-20, el apoyo de las potencias mundiales al más cuestionado de los organismos internacionales de crédito, el Fondo Monetario Internacional. El refuerzo de 850.000 millones de dólares establecido durante la reunión será destinado mayoritariamente a dicho organismo, promotor central de las políticas de ajuste estructural en Latinoamérica.


Según el último “Informe Sobre Estabilidad Financiera Mundial” emitido por el FMI el día 21 de Abril “…la principal prioridad en materia de políticas para garantizar una recuperación económica perdurable es el restablecimiento de la salud del sector financiero”. A su vez, se plantean como prioridades “…garantizar que las instituciones financieras tengan acceso a la liquidez; identificar los activos problemáticos y resolver su situación; recapitalizar las instituciones débiles pero viables; y resolver la situación de las instituciones quebradas”. Es sorprendente esta nueva postura del “Fondo”, organismo manipulador y extorsionador, promotor de las recetas neoliberales que llevaron al desmantelamiento de los Estados nacionales en América Latina. Ahora la nueva receta es, paradójicamente, la intervención estatal en el sistema financiero. Según el organismo “la única manera de evitar un colapso mayor, es que haya una decidida intervención de los gobiernos para salvar a los bancos, ya sea con inyecciones de capital o incluso nacionalizándolos”.

Esta aparente nueva actitud del FMI es incompresible, teniendo en cuenta que hace no más de siete años, durante la crisis local del 2002, el organismo sugería dejar caer los bancos locales (típica receta ortodoxa de dejar que sobrevivan supuestamente sólo los más eficientes) y crear una banca off-shore con operadores extranjeros que garanticen la transparencia en el sector. Pero claro, aquella situación era mucho más distinta que la actual ya que con el corralito sólo se veían afectados a los pequeños ahorristas, gente trabajadora clase media, quienes tuvieron que recibir títulos públicos en lugar de sus ahorros, no así los grandes especuladores quienes pudieron fugar sus capitales justo a tiempo. En aquel momento la simple idea de nacionalizar la banca era algo subversivo.

Sin embargo, no todo es lo que parece, y la supuesta muerte no es tal, es así como el Fondo Monetario plantea que “la toma de control provisoria del estado puede ser necesaria en algunos casos, pero sólo con la intención de reestructurar la institución para hacerla regresar al sector privado lo más rápido posible”. “No recomendamos el control del Estado, pero puede existir circunstancias en donde es efectivamente la manera más eficaz de estabilizar las instituciones”.


Dadas las conclusiones del G-20 y el último informe del Fondo, se pone de manifiesto nuevamente que las reglas no han cambiado del todo para los que hemos sentido en la piel las políticas del FMI. Las reglas siempre serán garantizar las ganancias de los sectores concentrados de la economía, y esto se ve de manifiesto al pretender dejar a los sectores privados dichas ganancias mientras que las pérdidas deben ser absorbidas por los Estados Nacionales y sus pueblos. ¿Acaso no murió el Consenso de Washington? Con el mencionado refuerzo de fondos, el FMI implementará la distribución de ayuda financiera a los países amigos de EEUU, o sea, todo aquél que acuerde con los intereses de la mayor potencia.


Larry Summers, jefe de asesores económicos de Obama, afirmó que “sólo podrán acceder a las nuevas líneas de crédito del FMI aquellos que tengan los Fundamentals (los cimientos económicos) fuertes y cuyos problemas derivan del temblor global más que de decisiones locales”. Por su parte, Timothy Geithner, secretario del tesoro norteamericano, en su informe enviado al congreso dice, en su capítulo sobre la Argentina, que “la crisis ha contribuido a la incertidumbre política, exacerbando las vulnerabilidades económicas preexistentes y acicateando la fuga del capital”. Para este alto funcionario de Washington “el problema de la Argentina no es sólo la crisis global, sino las medidas que está implementando el gobierno” e interpreta que el denominado “conflicto con el campo” contribuyó a generar incertidumbre con respecto al crecimiento económico de nuestro país.
Éstas son las declaraciones que hacen que las orientaciones que tienen los organismos internacionales de crédito sigan teniendo las mismas actitudes de hostilizar a los gobiernos que, cómo decíamos anteriormente, no concuerdan con los intereses de la Casa Blanca. De la misa manera funcionan con el Banco Mundial y el BID. Este último organismo todavía no se ha expedido ante los pedidos de ayuda de 1.500 millones de dólares que se han propuesto en lo últimos días por parte de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Siguiendo la línea de pensamiento del Comandante Fidel Castro en declaraciones dadas a la prensa, Estados Unidos podría utilizar el poder de veto que posee en el FMI para tratar de seguir imponiendo políticas económicas impopulares que sólo buscan el beneficio del país del norte sobre los países periféricos. Obama no parece tener la fuerte intención de modificar esa realidad, a vista de los nombres de algunos de los economistas que lo rodean.

Entonces, ¿Cómo lograremos los países latinoamericanos, frente a este nuevo escenario internacional, fortalecernos sin ingerencias que tengan como objeto desandar el camino realizado entre los países que apuestan a la unificación en materia política y económica para el mejor desarrollo de su pueblo? Éste sería un buen momento para discutir sobre la profundización de la unificación económica, ya no tanto comercial como se viene dando con el MERCOSUR, sino también financiera, para fortalecer los créditos destinados al desarrollo de sus pueblos. Aprovechar las nuevas recomendaciones emitidas en el informe del FMI, que vienen en línea con lo estipulado por el G20, de estatizar la banca en conflicto para desarrollar un sistema financiero estatal del conjunto de los países latinoamericanos, esto sin seguir la sugerencia de devolver al sector privado la banca que ha sido saneada por el estado.


Definir una política de ayuda económica centralizada, a través del Banco del Sur, sería una posibilidad y un desafío muy importante para confrontar con los organismos internacionales de crédito que tienen sustento en los países centrales. Estos últimos han demostrado su fracaso al no poder predecir los efectos de la crisis financiera global y han sido humillados al no poder evitar la catástrofe que enfrentamos en estos momentos. A través de un organismo financiero local se podría visualizar con mayor facilidad las dificultades y problemáticas que enfrentan los países integrantes del bloque latinoamericano, dada su historia malaventurada con los organismos internacionales existentes, que nunca coinciden con los intereses de los países con economías menos desarrolladas.

Es paradójica la decisión de uno de los países líderes del MERCOSUR, como ser Brasil, de priorizar un posicionamiento dentro del desgastado FMI, al otorgar 4500 millones de dólares a dicho organismo para que éste lo destine a préstamos a ser otorgados con condicionamientos como acostumbra hacerlo. Claro que esto se realiza con el planteo de favorecer a los países más pobres, sin embargo es difícil de pensar que esto fuese a ocurrir dándole la decisión a este mismo organismo. ¿Acaso no hubiese sido más productivo otorgar esos fondos de manera más directa dentro del marco del bloque de países latinoamericanos? Éstas son las cuestiones difíciles de asimilar a sabiendas de la necesidad que impera en nuestro continente de lograr la unificación a nivel financiero para la sustentación del desarrollo de nuestras economías. Todavía quedan deudas pendientes que saldar con respecto a las desigualdades de los países latinoamericanos, y esos fondos serían útiles para encausar a aquellos en las sendas del desarrollo, que lleve a la igualdad a través de la solidaridad dentro de nuestro continente.

Tanto Venezuela como la Argentina dieron pasos importantes hacia la conformación del Banco del Sur. Pero difícilmente esto se concrete o se haga realidad si continúan las disputas internas que llevaron a Brasil a dilatar la integración de Venezuela al MERCOSUR en su momento, y continua al apostar al objetivo de posicionarse como potencia dentro del G-20 descuidando el fortalecimiento del propio continente. Es preciso replantearse la necesidad de consolidar al bloque latinoamericano, a través de la creación del Banco del Sur, reforzar las acciones de UNASUR y visualizar la factibilidad de poseer una Moneda Única Latinoamericana, ya que la integración comercial a través del MERCOSUR está planteada, con sus aciertos y defectos.

Se hace necesario, entonces, pensar en políticas que surjan de los propios latinoamericanos, para así garantizar la igualdad, equidad y la justicia social. De no producirse la salida en conjunto, los países de América Latina seguiremos dependiendo de la gracia de Washington y de los organismos que velan por sus intereses, hipotecando el futuro de nuestros pueblos.


22 de abril de 2009


Crisis del modelo neoliberal, la redistribución de la riqueza, y la salida Keynesiana


Autores: Daniela F. Heredia y Miguel Balbuena


Con la caída del muro del Berlín los agoreros del fin de la historia y de las ideas, propugnaron las recetas del consenso de Washington. Estas recetas dieron el lineamiento mas profundo del modelo neoliberal. Hoy en día este modelo esta cruzando por una crisis a nivel mundial, lo que llama a los países latinoamericanos a plantearse respuestas alternativas a las ya conocidas y que son impulsadas desde los países centrales.


En los años 90 las recetas impuestas por el fondo monetario internacional en países periféricos como el nuestro generaron por medio de la apertura económica y la desregulación de los mercados la destrucción de las industrias nacionales. Países como la Argentina llevaron acabo esa instrucción al punto de vender o entregar a precios irrisorios sus empresas tildándolas de ineficientes y subrayando que los firmas trasnacionales asegurarían el funcionamiento eficaz de los mercados. Los resultados de este paquete de medidas los hemos y lo seguimos sufriendo. Desempleo, marginalidad, déficit en los sistemas de salud, educación y seguridad social, derrumbe de los ingresos de las personas de menores recursos, en fin la distribución desigual de la riqueza propicio una acumulación en los sectores mas ricos de la sociedad dejando solo hambre y miseria a un basto sector poblacional. Es así como se dio durante el gobierno de Carlos Menem, un crecimiento espectacular de la economía, sin embargo, la ausencia de un mayor gasto social, junto a otros factores, terminó desembocando en un empeoramiento en la distribución del ingreso.

Latinoamérica es la región más desigual del mundo. En este lado del planeta el 10% de los hogares con mayores recursos capta una proporción del ingreso total que supera, en promedio, 19 veces la que recibe el 40% de las familias de los estratos más pobres. Y a pesar del crecimiento económico de la región durante la primera parte de la década de los 90, la situación social empeoró significativamente (fuente: CEPAL).

Argentina se ha convertido en uno de los países más inequitativos del continente. La diferencia entre el 10 por ciento de las personas ubicadas en la franja socio-económica más rica y el 10 por ciento más pobre se ha incrementado a más de 30 veces. Este guarismo resulta realmente alarmante, sobre todo en comparándola con los valores que este indicador tenía en la década del 70, cuando esa diferencia era de sólo ocho veces. Esta brecha no ha dejado de crecer, y en entre 2004 y 2005 pasó de 28 a las 30 veces actuales. Los valores del índice de Gini -un indicador utilizado para medir la distribución del ingreso en una sociedad- han estado empeorando en las últimas décadas no sólo en el caso argentino sino en el de toda América Latina. (Los valores del índice de Gini van de cero a uno, donde los resultados más altos indican una mayor concentración, es decir una distribución menos igualitaria.) En América Latina y el Caribe el índice pasó de poco más de 0,48 en la década del 70 a 0,52 a principios de la década actual. En lo que respecta a Argentina, los valores para las zonas urbanas han pasado de 0,42 a principios de la década del 90 a 0,47 en 1995 y a 0,53 a fines de 2002 (según la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC). Es decir que en Argentina se observa un retroceso particularmente rápido en la equidad, especialmente en los últimos años, a pesar de un escenario ventajoso desde el punto de vista económico.


Hacia el año 2001 nuestro país empezó a sentir los avatares que serian esbozos de la crisis que hoy se presenta a nivel mundial, dándose como resultado la salida del gobierno liberal de De La Rúa por medio de masivas manifestaciones populares en todo el país (en ese año, un informe ubicó a la Argentina en el puesto 15 sobre 85 países En el ranking de inequidad en la distribución del ingreso). Es así que como respuesta a esto se tomó la decisión de devaluar el peso durante el gobierno de Duhalde. Ya durante el gobierno Kirchnerista se negoció la quita de la deuda externa que agobiaba a nuestro país, y con los fondos generados por las exportaciones propiciadas por la devaluación, se tomó la decisión de pagar la deuda con el FMI y desvincularse de esta manera de forma definitiva con dicho organismo. Es entonces cuando en nuestro país se visualizaba claramente las deficiencias del modelo neoliberal.

Siete años después de la crisis local del 2001, las economías de los países centrales sufren de un agrietamiento profundo en sus bases de sustentación de su propio modelo de acumulación: el sistema financiero. Esto no es más que la corroboración de los ciclos que sufre el sistema capitalista. Esto llevó al planteamiento, como en épocas anteriores, de la implementación de sistemas proteccionistas y un fuerte protagonismo del Estado interviniendo de la economía.

Como es de esperarse en el sistema capitalista, esta intervención estatal en los países más poderosos, fue dirigida para el salvataje de los grandes bancos y grupos financieros, culpables directos de la crisis hipotecaria en los EEUU. Es precisamente en esos sectores que se han beneficiado durante el auge neoliberal en donde se encuentra el generador de esta crisis global, y son los que hoy son salvados por los estados. El Gobierno británico realizó un rescate de unos 85.000 millones de dólares para estabilizar el sistema financiero del Reino Unido, lo que supone una parcial nacionalización de la banca, mientras que los Estados Unidos asistió a los bancos por un monto superior a los de 700.000 Millones de dólares, lo que representa más del doble de lo que produce la Argentina por año.

Pero pensemos, ya no en el caso latinoamericano, sino en el de África, en donde cerca de la mitad de la población vive con menos de 1 dólar al día (ONU 2006). En este continente la deuda externa era en 2005 de poco más de 200 mil millones de dólares. O sea, con el salvataje que realizó los EEUU a su banca se podría haber pagado más de tres veces la deuda externa de todo el continente africano!

Ahora nuevamente el gobierno de Obama decide realizar un nuevo rescate, esta vez por un monto de un billón de dólares al Citi Group. Esta maniobra provocó el alza de las acciones de dicha compañía, beneficiando a quienes se dedican a especular en la bolsa.

El planteo que se hace hoy en día de la solución “A La Keynes” (intervención del Estado en la economía para reactivar la demanda agregada) es acertado en cuanto a que no es posible seguir profundizando las políticas implementadas en las últimas décadas debido a su claro fracaso. Sin embargo surgen ciertas inquietudes: será el salvataje a la keynesiana implementado para salvar de la muerte y el hambre a tantos niños en África y América latina? O será que con este sistema se intenta reanimar al neoliberalismo? Habrá un sistema superador destinado a igualar la situación social? Qué pasaría si son gobiernos populares los que implementaran políticas keynesianas para llevar a la igualdad social a su pueblo y a los ciudadanos?

Las virtudes de la economía libre de mercado han sido una falacia, y nosotros hemos creído en ellas. Hemos visto el crecimiento, sin embargo nunca hemos visto el derrame. A pesar del marco electoral en que se encuentra nuestro país, no debemos apartar nuestra mirada de la situación en la que nos encontramos. Se hace necesario, entonces, profundizar la respuesta Keynesiana. Avanzar hacia una economía planificada, y no improvisada, pensada para nuestro país y en el marco de una América Latina unida, más igualitaria y que garantice la distribución equitativa de la renta, con mayor participación y justicia social. Este es el debate que nos tenemos que dar los países latinoamericanos en función de una mejor redistribución de la riqueza.


Lunes 23 de Marzo de 2009.


La “Belle époque” oligárquica y la identidad excluyente

Por Daniel Ezcurra

El Coordinador de las Cátedras Bolivarianas (UPMPM) y Director del ISEPCi, le responde al Sociólogo Julián Gadano por la defensa que éste hiciera del General Julio Argentino Roca. El sociólogo de la UBA, Julián Galano, escribió un extenso artículo nada menos que el 12 de octubre de este año, en el Diario Río Negro. Allí rechaza por maniqueo el proyecto de la diputada Cecilia Merchan que propone cambiar la imagen de Julio Argentino Roca por la de Juana Azurduy en los billetes de máxima denominación de nuestro país.Gadano expresa su oposición cuidándose de alabar a la heroína altoperuana y de realzar sus méritos de cara a la historia. Siendo lo más trascendente el comienzo de su artículo al poner de manifiesto la importancia de los símbolos a la hora de organizar la memoria colectiva de la nación: "los símbolos hablan de cómo un país decide "contarse a sí mismo" el cuento de su propia historia", dirá.



El "país", la objetividad y el paraíso oligárquico.

Y aquí comienzan las desventuras de nuestro buen sociólogo, pues a esta altura del avance de las ciencias sociales, todos sabemos que no es algo como "el país" el que decide cómo se organiza la memoria histórica en un determinado período en una determinada sociedad, sino que son aquellos sectores sociales que imponen su hegemonía económica, política y cultural los que la construyen. Hacia fines del siglo XIX, luego de más de 60 años de cruentas guerras civiles, una elite que recordamos bajo el nombre de generación del 80´, impuso un modelo de país con una lógica económica de dependencia primario exportadora a la economía industrial británica, con una férrea concentración del poder político y del principal bien productivo (la tierra) y con un imaginario social cristalizado en la dualidad "civilización o barbarie”.Gadano, que conoce su oficio, declara su poca simpatía por Roca (ya que no fue un demócrata y no distinguió entre lo público y lo privado -excelente eufemismo para nombrar el peculado-), para ponerse por encima de "las partes" y en nombre de la tan mentada objetividad histórica dictar un juicio positivo y constructivo y no "maniqueo y destructivo", como lo es –desde su particular mirada-, aquel de los que pergeñaron el proyecto que motiva su nota.La organización del Estado y el Proceso de Reorganización NacionalNuestro sociólogo, al decir que "el lugar de Roca en la historia no tiene que ver con sus virtudes personales sino con el hecho de haber sido un representante cabal de uno de los períodos más significativos de nuestro desarrollo nacional en el que se fundaron las bases para la construcción de nuestro Estado moderno", está diciendo algo equivalente a sostener que el general Videla merece un monumento porque es el símbolo más elocuente de un importantísimo período histórico que sentó las bases del Estado y la nación durante los últimos 30 años de historia argentina… Entendemos que no existe casualidad en que aquellos que, a partir de 1976 pretendieron organizar la sociedad argentina según las necesidades e intereses de minorías concentradas, se nombraran a sí mismos "Proceso de Reorganización Nacional", en tributo a aquel período (La organización nacional) del cual, como el autor reconoce, el general Roca sea acaso su máximo exponente.Pero claro, si nuestro sociólogo no puede ocultar su simpatía con el proyecto del roquismo y de la generación del 80, pues fue una Argentina "con instituciones políticas y económicas que la integraron al mundo como pocas veces" (…) dirigida por una elite que proyectó “a la Argentina como un actor respetable en el concierto de las naciones” (…), entendemos su indignada alarma, pues como él mismo lo advierte con sagacidad, al cuestionar a Roca "se interpela en realidad todo un período", que el autor analiza como "muy fecundo" y "cuyos importantes aspectos negativos deben ser entendidos desde una perspectiva superadora".

La identidad nacional del proyecto oligárquico

La consolidación del Estado Nacional a partir de 1880, fue realizada sobre una idea excluyente de identidad nacional, alimentada por la prédica positivista de la búsqueda de una "civilización" que se superpuso con lo extranjero (europeo y norteamericano), donde lo propio debía ser eliminado como pre requisito al despliegue del progreso. En tal esquema el indígena, pero también el gaucho y el negro esclavizado -como más tarde el obrero inmigrante y el colono gringo-, serán tan sólo un obstáculo que nada tienen para aportar al entramado colectivo de la Nación.Hacia mediados de 1860, el mismo Roca había participado en la invasión militar mitrista al interior del país alzado contra unas políticas que lo negaban y que se habían iniciado bajo las siguientes premisas que se desprenden de cartas de Mitre a su vicepresidente Marcos Paz: "Mejor que entenderse con el animal de Peñaloza es voltearlo, aunque cueste un poco más. Aprovechemos la oportunidad de los caudillos que quieren suicidarse para ayudarlos a bien morir".La "campaña al desierto" es simbólica y materialmente una manifestación de aquella voluntad excluyente, comenzando con el nombre que certifica demasiado bien la negación del otro. Cuando se habla de genocidio indígena no se lo hace, solamente, teniendo en cuenta los desiguales enfrentamientos armados sino, fundamentalmente, por el destino posterior de los "prisioneros de guerra" que terminaron disgregados familiar y culturalmente como mano de obra barata o esclava en las haciendas de los terratenientes tucumanos, salteños y en las explotaciones del Chaco; confinados en la isla Martín García o en las casas de las familias "bien" de las grandes ciudades.El diario La Nación (31/10/1885), bajo el título "Espectáculo bárbaro" describía como con cartas del Estado Mayor del Ejército, podían reclamarse uno o dos indios cuando arribaban a Bs. As. arrebatándose "los hijos a las madres, que como nadie las comprendía, trataban en vano de detenerlo en medio del llanto general". En "El Constitucional" de Mendoza (20/11/1879): " Se espera hoy una remesa de chusma indígena, compuesta de unas 200 mujeres y niños, que será repartida entre las personas que lo soliciten para su servicio…”. Aristóbulo del Valle diría en el Congreso en 1844: "… hemos tomado familias de los indios salvajes, las hemos traído al centro de la civilización y no hemos respetado ninguno de los derechos que les pertenecen, no ya al hombre civilizado, sino al ser humano: al hombre lo hemos esclavizado, a la mujer prostituido, al niño arrancado del seno de su madre…".No es difícil reconocer las huellas de esa conducta en los crímenes aberrantes de la dictadura de 1976.Que un sociólogo de la UBA pueda expresar en un medio periodístico que existe una "reciente obsesión de algunos intelectuales y cientistas sociales por construirle a nuestro país un pasado "originario" del que –nos guste o no- carece", para en renglones siguientes afirmar que "las naciones aborígenes eran para la República… un enemigo a exterminar y así fueron tratadas". O "un territorio ocupado por naciones que desde los ojos de aquella época eran vistas… como extranjeras enemigas”, no sólo habla de una torpeza académica del autor, sino de una arraigada huella eurocéntrica que obliga a pensar la realidad propia con anteojeras extrañas a nuestro propio desarrollo e intereses.

Es la tierra, estúpido!

Nuestro autor nos ilustra diciendo que "Así contradictoria es la historia: quienes anexaron territorio expulsando a sus habitantes le ofrecieron a media Europa venir a prosperar en estas tierras”. Gadano parece desconocer que la apropiación de millones de hectáreas por una minoría, representada ya en aquel entonces por la Sociedad Rural Argentina, fortaleció la concentración de la propiedad de la tierra y evito que, al contrario de ejemplos que se esgrimen como deseables (Australia, Canadá o Nueva Zelanda), se la repartiera a quien quisiera trabajarla. En 1887 la propia Sociedad Rural, cuyo eslogan paradójicamente, es "cultivar el suelo es servir a la patria", se oponía a la ley de colonias agrícolas en Buenos Aires para defender el latifundio ganadero. El sociólogo y analista político Gadano seguro desconoce que, mientras en 1872 Buenos Aires poseía 177.000 Ha. cultivadas, Santa Fé y Entre Ríos sumadas, apenas cultivaban 96.548. Pero que en 1895 (es decir luego de la campaña al "desierto") Buenos Aires cultivaba 1.395.129 Ha., mientras que solo Santa Fe poseía 1.684.937 Ha. cultivadas. Es decir que, a pesar de la increíble cantidad de tierra incorporada a través de la violencia militar, Buenos Aires fue sobrepasada por el litoral en su área cultivada.También parece desconocer que, comparando 1885 con 1888, Santa Fe y Entre Ríos, por lo menos, duplicaron su número de arados, mientras que Buenos Aires sólo los aumentó en un 20%. Datos que sumados a los de la concentración de la tierra nos muestran claramente el carácter oligárquico y conservador de un régimen que según el autor deberíamos reivindicar pues son "momentos de nuestra historia que gran parte del mundo ve con admiración y respeto"."La expedición militar de Roca contra los indios pampeanos en 1879-1880, duplicó las dimensiones de la provincia de Buenos Aires y agregó enormes cantidades de tierras fiscales nacionales al sur del Río Negro. Esta nueva riqueza territorial fue distribuida en la forma tradicional: vendida o donada a propietarios de tierras establecidos, o a especuladores, en vastos lotes, por cifras irrisorias… Los grupos comerciales de Buenos Aires, los inversionistas extranjeros y los intereses especulativos adquirieron enormes extensiones de tierra… En 1903… Toda la región de la pampa había pasado hacía mucho tiempo para manos privadas, y las tierras estaban monopolizadas, retenidas en algunos casos con vistas a la especulación, en otros debido al prestigio que prestaban a sus dueños; otras todavía fueron aprovechadas productivamente en grandes empresas agrícolas, pero apenas excepcionalmente se convirtieron en pequeñas propiedades de agricultores". (Las tierras públicas en la construcción del Estado: una perspectiva comparada. Ligia Osório Silva).

El Bicentenario y un debate necesario

Cercanos a la celebración de nuestros primeros doscientos años de existencia como país, creemos importante recordar que, en 1910, el centenario significó la autocelebración de esa élite que moldeó el país –pareciendo encaminarse hacia el progreso indefinido–, integrándolo al mercado mundial bajo la lógica de una división internacional del trabajo dictada unilateralmente desde el centro a la periferia. Las décadas siguientes pondrían de manifiesto la endeblez estructural del proyecto frente a movimientos político-económicos sobre los que no se tenía mayor incidencia. Ese modelo de Nación dependiente y desigual consolidó una determinada organización del pasado histórico, una institucionalidad, un paradigma de futuro, una racionalidad económica y una huella cultural que oficiaron de organizadores de sentido de la sociedad en su conjunto. Julio Argentino Roca es uno –no el único- de los símbolos más fuertes de aquel proyecto que no es pasado –y valga el conflicto con "el campo" para certificarlo- ya que mucho de su imaginario resuena en el presente de las y los argentinos. Como bien percibió Gadano, lo que un proyecto como el que nos ocupa persigue es problematizar esa herencia. Los que buscan obturar este debate y esta posibilidad, buscan condenarnos a la impotencia en nombre de una herencia impuesta por una minoría. Debemos preguntarnos las y los argentinos si, de cara a un futuro que ya es casi presente, seguiremos aceptando una identidad nacional que niega al otro en un país donde las clases dominantes cuando niegan (al distinto, al excluido, al débil) lo hacen al extremo de la desaparición. Creemos imprescindible negar a Roca – no como personaje histórico pero si- como símbolo de nuestra nacionalidad. Al contrario de lo que cree Gadano, las sociedades como las personas, no están condenadas a repetir su pasado. Cambiar es parte de las alternativas posibles, aunque para ello es necesario una conciencia social crítica anclada en un sujeto colectivo que conociendo el pasado en su totalidad defina los símbolos, los modelos y los procesos que mejor reflejen lo que espera para el futuro.Con Juana Azurduy vienen las mujeres negadas; vienen con Juana Azurduy los pueblos originarios; vienen con Juana Azurduy los cabecitas negras, los obreros de la Ley de Residencia, las montoneras del siglo XIX y los piqueteros y piqueteras del siglo XX. Con ella emergen de la historia aquellas y aquellos ocultos en el relato hegemónico; aquellas y aquellos negados pero que construyeron y construyen con su esfuerzo, su trabajo y su "poner el cuerpo", la Nación que somos. Bienvenido el debate sobre que valores representan la Argentina que queremos ser.
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Entrevista al historiador Dr. Hugo Chumbita
En su oficina de la Universidad Nacional de La Matanza, el Dr. Hugo Chumbita nos brindó su opinión sobre distintos temas de la actualidad nacional e internacional, entre los que se destacaron dos incluídos en este video: La Crisis Fianciera Internacional, y la necesidad de una Nueva Ley de radiodifusión para nuestro país.


En los últimos años Hugo Chumbita se dedicó a investigar el origen del libertador San Martín y a revisar su biografía en el contexto de la revolución de la independencia, entendiendo que allí radican algunas claves para actualizar la visión histórica de la formación del Estado y la sociedad argentina y americana.
Para más información: http://www.hugochumbita.com.ar/